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jueves, 4 de abril de 2024

Defendiendo a Dina: la falacia ad hominem

 

Defendiendo a Dina: la falacia ad hominem

Una falacia es, simplemente, un engaño, una mentira, una farsa. La categoría ad hominem significa algo que está dirigido contra el hombre. Una falacia ad hominem es una farsa que ataca al hombre y no a sus argumentos. Busca descalificar al oponente, no yendo contra sus ideas o planteamientos, sino descalificándolo. O, contaminando aún más, buscando desviar la atención hacia el terreno de la amenaza, del hecho catastrófico. Por ejemplo, si alguien defiende un proyecto de ley, en lugar de debatir sobre sus argumentos, se le descalifica llamándolo desordenado, indisciplinado o borracho o, si alguien defiende una propuesta, responder que si se acepta la misma la situación será peor, un desastre. Todo vale con tal de desviar la atención.

La falacia ad hominem se ha convertido en el principal instrumento de batalla de los escuderos de Dina Boluarte. Los que la justifican por todo. Si alguien condena las joyas de la presidenta se le acusa de caviar. Si se dice que la inmoralidad justifica la vacancia presidencial se le sindica como enemigo de la institucionalidad. Si uno osa decir que el clima de deterioro es de tal magnitud que lo mejor para el país es el adelanto de elecciones a uno se le acusa de querer el adelanto “para postular” o ser parte del “eje del mal” o, peor aún, que la situación será peor pues se elegirá a una calamidad.  

Eso sucede porque los defensores de Dina Boluarte no tienen argumentos para ocultar su evidente complicidad. Tienen que recurrir a la falacia ad hominem para poner a la defensiva o desviar la atención de los hechos concretos que abruman a la presidencia. Esos hechos concretos, que son posesión de joyas y relojes por centenas de miles de dólares, cuentas bancarias por millones de soles, incompetencia en la gestión, o indicios de enriquecimiento ilícito tratan de ser desviados atacándose a la persona o dibujando en el futuro escenarios de catástrofe. Uno se convierte en terrorista, golpista, caviar, anti institucionalista, parte del eje del mal o causante de un triunfo electoral antisitema. Obviamente a esta confusión se prestan los diversos medios de comunicación cargados de analistas o abogados que todo lo ven desde el punto de vista teórico o jurídico cuando el problema es eminentemente político.

Soy de los que piensa que lo mejor para el país es el adelanto de elecciones y que la pregunta que debemos plantearnos es si el país podrá resistir dos años y medio más en esta situación. En lo personal pienso que no. El nivel de deterioro será muy grave de llegar al 2026. Y antes de pensar en términos de izquierda o derecha analicemos el asunto con más profundidad y pensemos en relación a la , supervivencia del Estado ahora amenazado por la delincuencia organizada, el narcotráfico y otros graves problemas que afectan a nuestra sociedad. En el 2026 puede ser demasiado tarde. Y la forma como llegue el país a ese año, si es que no se hace nada, será responsabilidad del elenco político, mediático y empresarial actual.

 

Juan Sheput

 

viernes, 6 de mayo de 2022

Plagio y permanente incapacidad moral

 

Sobre la permanente incapacidad moral

Como se sabe una de las causales de vacancia es la “permanente incapacidad moral” en la que puede incurrir el presidente de la República. Los defensores de Pedro Castillo y aquellos a quienes conviene el estado actual de la situación argumentan que esa frase es difícil de aplicar pues no tipifica, no es certera y se “presta a cualquier cosa”. No es así. Veamos por qué.

Lo permanente es lo que permanece. La incapacidad se define desde la falta de entendimiento o inteligencia hasta la falta de preparación o capacidad para entender o hacer algo. La moral, en su cuarta acepción, tiene que ver con aquello que afecta al fuero interno o al respeto humano y no al orden jurídico. Por lo tanto la “permanente incapacidad moral” es la frase que el constituyente redactó para explicarnos que alguien que permanece en un comportamiento incorrecto que, sin pertenecer a la falta jurídica, afecta por su falta de preparación y  respeto a los ciudadanos, puede ser separado del poder porque no es digno de representar al país o jefaturar su Estado.   

Por lo que vemos en estos nueve meses, Pedro Castillo refleja perfectamente lo que el espíritu constituyente quiso sancionar con la separación del poder, de una manera terminal, definitiva. Desde antes de asumir la presidencia, ya desde el momento de ser autoridad electa, Pedro Castillo empezó a mentir. Mintió con el perfil de sus designados a ministros, mintió con los visitantes a la casa de Sarratea en el distrito de Breña, mintió cuando negó a sus conocidos o el conocimiento de los tratos de sus sobrinos, mintió en su relación con Karelím López o Bruno Pacheco, mintió con su tesis de grado de magister.

Como era de esperarse su defensa legal entra en el terreno de lo jurídico señalando que los delitos cometidos por Pedro Castillo han prescrito. Lo importante aquí, porque es el núcleo político, es que no niegan la acusación. Y eso pone en peligro la continuidad del jefe de gobierno porque los hechos señalados y otros, tipifican, demuestran, señalan, un comportamiento incorrecto, mentiroso, inmoral que afectan la correcta marcha del país pues rebajan la autoridad del jefe de Estado, le quitan legitimidad y capacidad de influencia y liderazgo. La falta de autoridad moral impide un correcto manejo del país pues destruye la credibilidad y la confianza.

Al Congreso de la República le corresponde corregir esta situación. No es una cuestión de votos sino del papel que le tocó jugar en este contexto que es histórico por lo grotesco: un presidente que reúne todos los elementos para ser vacado de inmediato y un Congreso que se niega a hacerlo por pequeñísimos intereses. Estamos a tiempo para que las penosas líneas que se vienen escribiendo sobre la historia del Perú de estos días sean corregidas.

 

Juan Sheput

Perdiendo la batalla por no usar las balas

 

Perdiendo la batalla por no usar las balas

No hay nada más absurdo que perder una batalla por ahorrar municiones. O peor aún no usar las municiones pensando en que llegará un mejor momento. El hombre de acción, a decir de Max Weber, sabe usar sus balas pues es capaz de determinar la oportunidad, el momento adecuado, el Kairós de los griegos que, traducido libremente al español, no es otra cosa que el tiempo oportuno y que es atributo de los políticos el poder identificarlo.

Nuestro Congreso se niega a usar sus “balas de plata”. Por eso se envalentona el presidente Pedro Castillo y permite que un personaje menor pero atrevido como Aníbal Torres se pasee a sus anchas con su demagogia simplona y con sus amenazas disparatadas. El Congreso al negarse a censurar a un funcionario que bien lo merece, no solo pierde autoridad y credibilidad sino algo peor: poder. Y un Congreso sin poder es una entidad sin mayor importancia.

Si el Congreso no hubiera permitido que un individuo del nivel moral de Guido Bellido acceda al inmerecido cargo de presidente del Consejo de Ministros el mensaje habría sido dado: el parlamento hará respetar su función, constitucionalmente, así corra peligro su permanencia. Pero no fue así, optó por la debilidad y la “debilidad nunca termina de pagarse”.

En estos momentos el Perú se encuentra entrampado a pesar de haber fórmulas constitucionales para salir del problema. Pero no se ponen en práctica simplemente por que el Congreso piensa en su supervivencia. No existe ese sentido patriótico y así, ponen en peligro la misma supervivencia del Estado. De ello ya se dio cuenta Pedro Castillo, Vladimir Cerrón y los asesores extranjeros que de hecho los rodean. Se han dado cuenta de la pequeñez política de quiénes deben ejercer un control sobre sus acciones, por eso actúan como se les viene en gana.

Tampoco hay realismo y sin él es muy difícil actuar políticamente. Fujimori fue realista cuando en el 2000 renunció por fax y convocó a elecciones. El Congreso elegido en ese año fue igualmente realista y se autodisolvió acortando su mandato. Realistas fueron PPK y Manuel Merino cuando renunciaron y realista fue Vizcarra cuando aceptó el mandato del Congreso que lo vacaba. No son realistas los miembros del actual Congreso que quieren buscar soluciones extrañas ni tampoco lo son los empresarios novatos en política que creen que las elecciones no deben ser generales sino solo presidenciales.

Estamos entrampados pero hay solución. Todo depende que se usen las balas y se ejerza el realismo.

 

Juan Sheput

Artículo publicado en El Montonero