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lunes, 9 de marzo de 2015

¿Tenemos alcaldes?

¿Tenemos alcaldes?
Si tenemos que atenernos a la etimología de la palabra corrupción encontraríamos muchas respuestas al estado de descomposición que vivimos en el mundillo de los gobiernos locales. Corromper viene del latín corrumpere que significa “con ruptura” y que ilustra las desviaciones que podrían ocurrir, en algunas administraciones municipales,  respecto a la normalidad.
Los alcaldes del país, en su mayoría, han corrompido el objeto de sus funciones. Ya no se trata de mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos, ello ha quedado en segundo plano, sino de obtener la mayor cantidad de renta, de dónde sea. Se abusa de la obra física que, como bien señalan organismos internacionales como el Banco Mundial, suelen ser, cuando no hay  controles, focos de corrupción. Pero lo peor no está allí sino en la forma como conciben el ejercicio municipal. En los últimos días, a manera de ilustración, he tenido la oportunidad de leer sendas entrevistas a diversos alcaldes de la ciudad. Desde Surco hasta Surquillo, pasando por Magdalena o los distritos de Lima Norte o Sur, todos, absolutamente todos hablan de las oportunidades para la inversión en inmuebles comerciales o para oficinas que piensan impulsar en su localidad. Entusiasmados,  indican la disponibilidad de terrenos y si no los hay de los planes que tienen para obtenerlos, todo sea en nombre de los nuevos centros comerciales o bloques de oficinas con los que sueñan para su comunidad. Esto es una distorsión por completo de la función municipal. Lo único que significa es que los alcaldes ni siquiera controlan sus ansias recaudadoras de rentas olvidando por completo su función de generar bienestar para la vecindad.
Es necesario en este sentido comparar, tener otro plano de referencia, con el comportamiento de alcaldes de otras ciudades, en otros países. En Medellín, Bogotá y Cali en Colombia; en Guayaquil en Ecuador; en Valparaíso y Puerto Montt en Chile, los alcaldes también están preocupados por los terrenos, pero no para hacer grandes centros comerciales ni bodoques de cemento para oficinas sino para hacer espacios públicos para la comunidad. Si no tienen los terrenos disponibles los compran, sí señores los compran, pues el objetivo es construir la biblioteca y no la playa de estacionamiento; la piscina pública y no el strip-mall; el parque para la recreación y no el centro comercial; los espacios deportivos y no los bloques de oficinas. Saben perfectamente que siendo sus dramas, al igual que nosotros salud, transporte y seguridad, pues la provisión de espacios públicos ayuda a organizar y desarrollar mejor la vida de la comunidad.
Aquí no. En nuestro país lo meritorio es la obra física, esa que sirve para satisfacer las proyecciones de ingresos de empresas de construcción e inmobiliarias y –cómo no- de algún funcionario corrupto. La cultura, el bienestar, la calidad de vida  de los vecinos, eso en nuestro país simplemente no importa, pues para lograr elegirse basta con el clientelismo que se financia con lo que sobra de la obtención abusiva de rentas, a costa de la comunidad.

Juan Sheput

Artículo publicado en revista semanal Velaverde