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martes, 19 de noviembre de 2013

Como dos gotas de agua, a propósito de López Meneses y el gobierno

El siguiente es mi artículo publicado el miércoles 20 de Noviembre en Diario 16:

Como dos gotas de agua
Como montesinismo se identificó a la cleptocracia que se enseñoreó en el Perú en la década de los noventa. La cleptocracia se define como el sistema que busca la corrupción de las instituciones, el peculado abierto, la manipulación de la sociedad a través de los medios, el clientelismo político, la ruptura del orden democrático (aunque cuida de su apariencia) y el privilegio de determinados intereses económicos.
A tenor de algunos comentaristas pareciera que el montesinismo  es malo si sirvió a Fujimori y bueno si es que aparece en el gobierno de Humala.  No es así. Es nefasto para la democracia per se y por lo tanto hay que identificarlo y denunciarlo.
El montesinismo necesita para su desarrollo a gobernantes débiles y manipulables, a entornos ambiciosos e inmaduros, a ministros dispuestos a sacrificar todo por un fajín y a un congreso sumiso que deponga valores a cambio de favores. Para que el montesinismo se enseñoree se requiere que el mandatario se deshaga de sus colegas de la primera hora, que vuelva a su partido  una figurita de colección, que destruya a sus enemigos vía la calumnia o la extorsión y que manipule los servicios de inteligencia en pro de sus torcidos intereses.
El presidente Humala sabía desde un primer instante de los nexos de su entorno más cercano con Vladimiro Montesinos. Se le dijo con claridad que su asesor más cercano, Adrián Villafuerte, era hombre de confianza del general montesinista César Saucedo. No hizo caso, siguió con él a su lado, a pesar de las denuncias de manipulación de los ascensos y de la forma como militares de las tres armas desfilaban para reunirse con él en Palacio de Gobierno.
Es en ese sentido que el presidente Ollanta Humala es el gran responsable de la crisis que en estos días remece a su gobierno y daña al régimen democrático.
Por otro lado cuando uno analiza la forma como se desenvuelve este gobierno encuentra un paralelo con lo sucedido en la década de los noventa.  Desde el ninguneo al partido oficialista, cuya bancada parlamentaria  antes manejaban por bíper y hoy por blackberry,  hasta ministros frívolos que aceptan ser pantalla de los que realmente manejan el sector.  Todo parece indicar que lo que habido como consecuencia del destape de la periodista Cecilia Valenzuela es un aborto de una operación de inteligencia encubierta destinada a anular a adversarios en pro de la reelección indefinida conyugal. Claro que esto no lo quieren ver las, digamos  buenas personas, utilizando un término de Fernando Rospigliosi.  Ni siquiera lo ven las dirigencias partidarias, esas cuyos cálculos personales y oportunidades de aprovechamiento del poder son primero que el cuidado del régimen democrático, tampoco los “analistas” y politólogos siempre dispuestos a quedar bien con el poder de turno.  Igual fue en los noventa. Hoy, al igual que ayer, es un puñado de periodistas, al margen de sus medios, y de políticos, al margen de sus partidos, los que en conjunto con un pequeño sector de la sociedad civil se percatan que Ollanta Humala no está diciendo la verdad y algo grave está ocultando.

Hay más de un indicio que nos indica que lo que sucede  es un calco del montesinismo que buscaba la reelección indefinida de Alberto Fujimori. Hoy es más burdo, es cierto, pero está allí a través de sus mismos operadores. No espero absolutamente nada del actual Congreso, en el cual no se va a investigar nada. La pequeñez política blindará cualquier cosa en el intercambio de favores. Este, nuevamente, es un momento para los verdaderos demócratas, aquellos que no tuvieron temor en enfrentarse a un poderoso Vladimiro Montesinos que hoy a través de sus segundones vuelve a aparecer  generando un clima inaceptable de deterioro de la democracia.
Juan Sheput