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sábado, 6 de agosto de 2011

Hugo Guerra: Buscando identidad partidaria

Hugo Guerra, en su habitual columna de El Comercio, nos regala el día de hoy un magnífico artículo sobre la crisis que afecta a los partidos políticos peruanos. Hay varios elementos importantes que son tratados con objetividad. Uno de ellos es el del factor caudillista presente en la totalidad de organizaciones políticas del país. Otro es el de la debacle ideológica inversamente proporcional al auge de los independientes, defensores de intereses particulares. También el del ocaso del Parlamento, cosa evidente, que ha devenido en una organización sin sustento ni debate, gran proveedora de escándalos, que implica que "en el Perú cada día nos alejemos más de la democracia institucional (por ello el ocaso del Parlamento), para adentrarnos en una forma imprecisa de democracia de lo público, en la cual la prensa, las encuestas y los lobbistas terminan siendo representantes precarios de la ciudadanía".
Quisiera complementar lo tratado por Hugo Guerra con lo que son las estructuras partidarias. Estas están compuestas por dirigentes, representantes y militantes. En el Perú los representantes (congresistas, alcaldes, presidentes regionales, etcétera) se colocan o sienten por encima de las dirigencias. No son una expresión política de los acuerdos partidarios. De allí la informalidad, el desorden y la falta de disciplina que se ve en todos los partidos.
A continuación podrán leer el artículo de Hugo Guerra, publicado el día de hoy en El Comercio:

La abrupta expulsión de Carlos Bruce de Perú Posible es, simbólicamente, la gota que rebalsa la crisis de los partidos políticos. Grave problema que afecta no solo a quienes militan en alguna organización, sino que también cuestiona la calidad de nuestra frágil democracia.
Los partidos tendrían que ser responsables de una ordenada intermediación política y social entre Estado y sociedad, y para ello deberían tener una organización de alcance amplio (nacional o, por lo menos, regional), ideología propia y estable, estructura interna que haga predecible y democrática la elección de sus dirigentes, programa de acción debidamente publicado, financiamiento transparente y liderazgo reconocido. Actualmente, en nuestro país no existen auténticos partidos, porque no cumplen con tales requisitos. Pero esa dura realidad, aunque indigna, no sorprende: a lo largo de nuestra república los intentos de partidarización fueron poco fructíferos. Tras el caos que se apoderó de los criollos independentistas entre 1821 y la catástrofe de la Guerra del Pacífico, la precariedad y el fracaso acompañó una serie de intentos en el siglo XX. Allí están los casos, por ejemplo, del Partido Civil de Pardo, del Partido Demócrata de Piérola, del Partido Constitucional de Cáceres, etc. Entidades que fueron simplemente caudillistas o se restringieron a la defensa de las élites económicas, sin posibilidad de enraizarse nacionalmente.
Más tarde, los mejores intentos se dieron por un planteamiento social y popular de base, traduciéndose en el Apra de Haya de la Torre, el Partido Socialista basado en Mariátegui, la Democracia Cristiana, Acción Popular y el Partido Popular Cristiano.
Pese a esa nueva identidad más masiva, y al mérito de haber aportado al debate ideológico y programático del gobierno, su común denominador fue la persistencia de cúpulas dirigenciales esencialmente caudillistas, o basadas en el culto a la personalidad y estructuras jerárquicas bastante cerradas, cada vez más alejadas de su propia militancia. De allí la expresión despectiva sobre la ‘clase política’.
Los interregnos dictatoriales como el velasquista, la atomización de la izquierda marxista entre las décadas de 1979 y 1990, el impacto crucial del terrorismo, así como la muerte de Haya de la Torre y Fernando Belaunde, marcan el fin de los partidos de masas. Igualmente, el término de la guerra mundial diluye la confrontación ideológica nacional. Así, los gobiernos apristas no fueron expresiones partidarias, sino interpretaciones alanistas de un programa histórico que murió entre el intento socializante de 1985-1990 y el enfoque neoliberal del 2005 al 2011.
El fujimorismo emergió con la retórica plagiada de la crisis venezolana contra los inexistentes “partidos tradicionales” y ofreció una “nueva democracia”, sustentada en ese hiperpragmatismo al que no le importa traicionar sus planteamientos (caso del ‘fuji-shock’ inicial), mientras pudiera gobernar a partir de un mercado desregulado en manos de tecnócratas, mecanismos populistas en reemplazo de la auténtica inclusión social y corrupción institucionalizada vía la cooptación del mando civil y las cúpulas traidoras de las FF.AA.
Perú Posible fue un movimiento aluvional el año 2000, que trató de institucionalizarse entre el 2001 y el 2005. Y si bien ha ganado alguna raigambre popular, todavía es, técnicamente, solo un protopartido en el que, lamentablemente, la estructura y la dirigencia no terminan de estabilizarse. A su turno, el Partido Nacionalista, hoy Gana Perú, es un movimiento que ha tenido el mérito de organizarse electoralmente, adaptándose al gobierno con un pragmatismo interesante, pero sin un futuro predecible por ahora.
En tiempos de política mediática, los ‘independientes’ han desplazado a los partidos, convirtiéndose en gestores de intereses sectoriales pero sin sólidas bases doctrinales, filosóficas y programáticas. Mientras tanto, sobre todo en el interior del país las agrupaciones oportunistas son, simplemente, clubes electorales.
Los escándalos que vemos en el Apra, Perú Posible, Solidaridad Nacional y otros son reflejo, entonces, de una crisis de identidad que se traduce en crisis de representación ciudadana, y eso implica que en el Perú cada día nos alejemos más de la democracia institucional (por ello el ocaso del Parlamento), para adentrarnos en una forma imprecisa de democracia de lo público, en la cual la prensa, las encuestas y los lobbistas terminan siendo representantes precarios de la ciudadanía.
Frente a eso, es urgente abrir un debate nacional sereno pero profundo, que nos permita encontrar nuevos caminos de participación y restauración de las instituciones constitucionales que garanticen un sistema político realmente representativo y funcional.

2 comentarios:

Cresencio Chuqui Lucio dijo...

Muy interesante reflexión. Lo que nos demuestra que las organizaciones políticas nacen y existen unicamente por la coyuntura del poder gubernamental y no necesariamente por la búsqueda de las grandes soluciones de la sociedad, que no se circunscribe al control miscelaneo y temporal del gobierno. Hay un reto por construir organizaciones partidarias a partir de una visión de futuro, no solo por la coyuntura.

Anónimo dijo...

No existen partidos politicos, solo existe un grupo de gente que se une previas a una campaña electoral.

No existen correligionarios partidarios, solo simpatizantes de la persona que encabeza una organizacion politica.

No existe institucionalidad partidaria, solo relaciones personales que manejan y toman las decisiones conforme sus análisis.

Sin embargo esto es un tema que es un reto a cumplir por los partidos politicos, a fin de darle prestancia y solvencia institucional ante la sociedad, buscando generar confianza en ellas, para luego puedan confiar en sus ideologias y doctrinas partidarias, con un sentido del bien comun nacional.

El caudillismo le hace mucho daño a la institucionalidad de los partidos politicos.

atte

FRANCISCO TORRES.