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jueves, 13 de diciembre de 2012

El pacto y los pactos por Luis F. Aguilar

Por considerarlo de interés, por la calidad del escrito, es que me permito reproducir este artículo de Luis F. Aguilar recientemente publicado en Reforma:


El Pacto y los pactos, de Luis F. Aguilar

de FNF Mexico, el miércoles, 12 de diciembre de 2012 a la(s) 13:27 ·
La competencia es fundamental en los negocios para el posicionamiento de una firma en su sector de mercado, ya que la induce a innovar sus procesos y productos y ofrecer a sus clientes bienes y servicios de mejor calidad y precio. Pero, en el mundo de la política, no hay evidencia convincente de que la competencia sea algo fundamental para el posicionamiento de un gobierno, de un país, y para que las expectativas de los ciudadanos queden satisfechas con los bienes y servicios públicos que les ofrecen los gobiernos y que pagan con sus impuestos. Se requiere competencia política en el momento electoral para sustituir a los gobernantes incompetentes e irresponsables y elegir tal vez a mejores gobernantes, pero la competencia al momento de gobernar, particularmente cuando se la entiende y practica como oposición por principio, no es algo que contribuya a que el gobierno tenga un desempeño eficaz y socialmente provechoso. Un problema de las democracias contemporáneas es cómo superar la esquizofrenia entre el proceso electoral, que exige competencia y rivalidad, y el proceso de gobernar, que exige acuerdos y cooperación.

El Pacto por México, del que se ha hablado mucho en estos días y del que se ha resaltado justificadamente la voluntad de acuerdo y cooperación de la clase política después de años de obstinado enfrentamiento, puede ser un ejemplo de cómo la cooperación política puede crear numerosas ventajas nacionales en política (dar forma a un régimen democrático respetado, confiable y operativo), en economía (lanzar un crecimiento económico internacionalmente competitivo y nacionalmente creador de oportunidades de empleo e ingresos) y en sociedad (tener mejores condiciones para resolver nuestros problema ancestrales de la ignorancia, la pobreza y la discriminación y los problemas actuales de la violencia y la fragmentación social). La cooperación produce ventajas, no solo la competencia.

Sin embargo, hay varios peros. Muchas voces, para nada aguafiestas, han señalado los riesgos que puede entrañar el pacto interpartidario, si no precisa el modo como se llevarán a cabo sus 95 compromisos. En política democrática cuenta el cómo y no solo los qué. Hasta este momento lo que vemos es verticalismo, decisiones elaboradas y firmadas por unos partidos en las alturas, que descienden con contundencia y están listas a abatir cualquier resistencia, que es descalificada de entrada como algo adverso y perjudicial, pues expresa la posición de los poderes fácticos con intereses particularistas a los que los poderes políticos institucionales, que representan el interés general de la nación, pondrán en orden. Faltaba más. Nuestra aspiración por un gobierno eficaz y de resultados, por una pluralidad política que no sea desorden e improductividad, puede llevarnos a situaciones de las que quisimos escapar en el pasado, cuando un proyecto nacional único, elaborado y consensuado por un grupo con poder, bloqueó críticas, concentró el poder y obligó al alineamiento.

Mientras el pacto no supere su actual ambigüedad operativa, aunque estemos de acuerdo con su agenda, es conveniente advertir el riesgo de que quiera transmitir la idea de que el consenso es un principio democráticamente necesario e imperativo y considerar a la discrepancia como anómica y peligrosa y, en consecuencia, se empiece a restaurar sin ruido un centralismo todopoderoso (ya no presidencial ni unipartidista, sino de un colectivo de partidos, ya no impuesto sino consensuado) que justifica esta vez su intervención y mando en el mundo económico y social en nombre de la lucha contra los poderes fácticos, la restauración de la rectoría del Estado sobre la economía, sobre la educación (¿sobre qué más?), y el restablecimiento de un poder público poderoso. La impresión que deja el esquema directivo actual es que se quiere pactar arriba, pero no abajo. Abajo se aguantan, pues son grupos fácticos, anómicos, transgresores, particularistas, utilitaristas. ¿Será ese el nuevo proceso de gobernar?

En realidad, en este momento, el Pacto por México no es más que es un pacto de políticos y entre políticos. Un primer gran paso, pero insuficiente. Para que sus objetivos susciten acciones y lleguen a ser hechos sociales concretos y no susciten más problemas que los que quieren resolver, el pacto deberá desagregarse en otros pactos no menos importantes. En primer lugar los 95 compromisos podrían ser retomados, discutidos y refrendados por el Poder Legislativo para que sean políticamente robustos y tal vez vinculantes, pues el Legislativo es decisivo para el gobierno del país. Deberán asimismo ser incorporados al interior de los partidos para que no sean acuerdos de cúpula sin el sustento de sus cuadros intermedios y locales. Sobre todo, deberán acordarse los compromisos con las organizaciones de la sociedad, particularmente en aquellos asuntos (los relacionados con el crecimiento económico) en los que el gobierno es insuficiente, por más que quiera el gobierno ser el rector de la economía y quiera subordinar a empresas, sindicatos, colegios de profesionistas, sean o no poderes fácticos. La libertad de los ciudadanos cuenta como el consenso de los políticos.

Publicado en Reforma