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miércoles, 24 de octubre de 2012

Los alcaldes como protagonistas de la destrucción urbana


Lima debe ser la delicia de las empresas de construcción. En la práctica son las que gobiernan la ciudad. En cada distrito de la capital y en toda la metrópoli los alcaldes se desviven, o hacen  de la vista gorda, ante cada solicitud de construcción.
Es así, por el predominio de la obra de construcción civil, que Lima se está convirtiendo en una de las ciudades más caóticas de la región, esforzándose por ser una ciudad horrible en la cual la falta de un plan de desarrollo urbano permite que los proyectos de coyuntura y que sólo buscan el lucro hagan en la ciudad, literalmente, lo que quieren.
En efecto, si vemos las declaraciones de los alcaldes, estos ya no se refieren a obras de urbanidad o que buscan el bienestar de la vecindad. Simplemente hablan de “inversión”,  palabra con la que se maquilla el atropello a lugares de recreación, esparcimiento, descanso, paseo o simplemente de residencia de la colectividad.
En aras de la “inversión” se destruyen parques para dar paso a centros comerciales,  se rompen y vuelven a romper veredas en buen estado para luego rediseñarlas, se cubre con una tenue capa de brea las pistas para que el próximo año se vuelva a tener que repetir la operación, se acaba con la pureza  de los parques al convertirse estos en techos de playas de estacionamiento. En el colmo de lo que se permite a estos enemigos de la ciudad, llamados alcaldes, se atreven a señalar que ellos pueden hacer en su jurisdicción lo que se le da la gana, ante lo cual la Alcaldía de Lima (en donde en su área de desarrollo urbano hay improvisados) se resigna a dejar hacer, dejar pasar. El caos se apodera de la ciudad en una demostración que la obra por la obra es posible en el reino de la improvisación y sin que medie un plan de desarrollo de la ciudad.
Si no lo cree mire alrededor suyo: pequeñas calles diseñadas parea casitas hoy están atiborradas de edificios; cuadras en donde reinaba la calma hoy están plagadas de restaurantes, casinos, nidos o grifos; la hermosura de los acantilados de la Costa Verde se ha transformado en suciedad paisajística por la invasión de monumentos al mal gusto llamados “edificios”. Y a pesar de esto, algunos alcaldes, cuyo desempeño limita en lo delincuencial, aprovechando que siempre hay a disposición leguleyos que voltean la ley,  empiezan a acabar con los pocos parques de la ciudad.
En la ciudad de Bogotá, en la Carrera 5 con Calle 19 (cruce similar a cualquiera sobre la av. Tacna) se está construyendo un edificio que va a tener más de 60 pisos. Para hacerlo primero derribaron uno de 15. Nadie ha visto ni un ladrillo y alrededor de la construcción hay túneles peatonales en las veredas para que quien vaya a pie no se perjudique. Aquí en Lima eso sería impensable. Se habría obstruido el tráfico por los camiones de desmonte y los peatones estarían condenados a caminar en las pistas sorteando los autos tal y como sucede en la actualidad en todos los distritos de Lima en donde las constructoras, gracias a alcaldes extrañamente tolerantes, hacen lo que quieren.

Juan Sheput