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jueves, 20 de enero de 2011

Sin partidos políticos la democracia es rehen de los poderes fácticos

El día de hoy Víctor Andrés Ponce nos regala un estupendo artículo sobre la crisis de los partidos políticos. De manera didáctica -y contundente- grafica la experiencia actual de la democracia peruana, los caudillos otoñales y su debilidad ante adulones y gente que no viene del mundo de la política. Lo recomendamos:


¿Se viene el bicaudillismo?

El retiro de la plancha presidencial del Apra podría revelar que la crisis de los partidos que se gestó en el siglo pasado y que estalló durante el fujimorato ha entrado a una fase terminal. El sistema político sobrevive con respirador artificial no obstante el milagro económico, la emergencia de una nueva clase media morena y popular y el optimismo nacional que se desborda. Un criterio menos pesimista podría sostener lo siguiente: Si recordamos el retiro de la fórmula presidencial de Perú Posible en el 2006 y hoy constatamos el primer lugar en las encuestas de Alejandro Toledo, ¿de qué nos preocupamos? Perú Posible se hizo puré en esa elección, pero ahora el cholo sano y sagrado parece fijo en Palacio.

El mismo razonamiento se podría aplicar al Apra. ¿Por qué nos preocupamos que el partido de Alfonso Ugarte se arruine si, finalmente, Alan García retornará el 2016? Si consideramos que Toledo fue elegido el 2001, García el 2006, y que Toledo y García podrían ser electos el 2011 y el 2016 respectivamente, en dos décadas, nuestra democracia se habría convertido en un protectorado de dos ancianos caudillos y, en vez de sistemas políticos de intermediación, deberíamos hablar de un neto bicaudillismo que nos acercaría a las democracias tropicales y tercermundistas del siglo pasado. ¡Pensar que el sueño en toda democracia lozana es el llamado bipartidismo! Y, por el lado de Luis Castañeda, Keiko Fujimori y Ollanta Humala el asunto es igual. Todos anhelan ser reyes rodeados de cortesanos y ayayeros.

Qué lejos está un Víctor Raúl Haya de la Torre acompañado de Andrés Townsend, Armando Villanueva, Luis Alberto Sánchez o de León de Vivero. O un Fernando Belaunde flanqueado por Manuel Ulloa o Eduardo Orrego. O Luis Bedoya Reyes apoyado por Alayza Grundy y Ramírez del Villar. Aquellos eran caudillos institucionales que entendían que no había triunfo sin colectividades con proyectos comunes.

El hundimiento de la política desnuda la crisis terminal de una élite (no solo partidaria) que ha olvidado lecciones fundamentales de los pensadores liberales y modernos: que sin partidos políticos la democracia es rehén de los poderes fácticos.

La sociedad peruana está embriagada de optimismo y contempla con aterradora serenidad cómo se pulverizan sus organizaciones políticas. Desde el nacimiento de los sistemas abiertos, las élites y vanguardias siempre consideraron las elecciones nacionales como momentos privilegiados para construir partidos políticos porque consideraban que eran “los príncipes modernos”, nacidos del sufragio, y llamados a reemplazar reyes y noblezas. En el Perú, los comicios nacionales destruyen colectividades y consolidan a caudillos.