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miércoles, 8 de febrero de 2012

¿Se puede dialogar en el Perú?

Quisiera empezar con una fábula narrada por Eduardo Galeano. “Había una vez un cocinero que se jactaba de justo. Por ello convocó a las aves a su cocina. Los faisanes, los patos, las gallinas y los pavos, todas las aves acudieron a escuchar al cocinero democrático. Una vez reunidas les preguntó con qué salsa querían ser comidas. Una de las aves, una gallinita respondona, le contestó, nosotras no queremos ser comidas de ninguna manera. El cocinero, molesto, les dijo, eso no está en discusión ¡la comida va! a lo que el ave respondona replicó ¿entonces para qué nos convocan? El cocinero, alterado, señaló: ¿ya ven cómo molesta esta gallina? ¡Así no se puede trabajar!”
Galeano nos recuerda que esta es una metáfora del Mundo. Pienso que tiene razón. Cuántas veces agrupaciones diversas son convocadas a conversar, por el simple hecho de cumplir las apariencias, pero la decisión ya está tomada, anticipadamente. Esto, como es obvio, genera un clima de frustración, de tensión, de animadversión, de conflicto. Los falsos cocineros democráticos, esos que van a conversar con la decisión tomada por anticipado, son los principales enemigos del consenso y, por extensión, de la inversión.
En nuestro país los tecnócratas creen que el desarrollo es sinónimo de crecimiento económico. Están muy equivocados. El Perú ha tenido ya antes momentos de arcas llenas y presupuestos abundantes, pero han sido episódicos y, nuestro país está muy lejos de ser desarrollado. Para llegar a dicho estado, del desarrollo, se requiere incluir, buscar consensos, la licencia social. Solo así habrá sostenibilidad.
A pesar de que la política se hace conversando, en nuestro país cada vez se hace más difícil conversar. Las discrepancias se pretenden solucionar con la descalificación. Los ciberlinchamientos anulan cualquier intento de ir en contra del orden complaciente o mayoritario. Nos indignamos por lo superficial y a la vez somos indiferentes ante la gravedad. El ¡Conga va! no admite cuestionamientos. Ese no es el mejor camino para atraer inversión y lograr la conciliación en el país.
Ejemplos abundan y de todo tipo. En la última semana el escritor Iván Thays se permitió discrepar con lo que la mayoría piensa respecto a la gastronomía. En lugar de argumentos se le respondió con el hígado, abundando en insultos y ninguna idea. La intolerancia se enseñoreó en el país donde no es posible discrepar.
Hace pocos días Perú Posible, tratando de recuperar nuestra memoria, planteó que se conmemorara un día contra el terrorismo. Eligió el 3 de abril para que se recuerde el horror que pueden practicar los fanáticos ideologizados. Igualmente se respondió con agravios, el escenario ideal para aquellos que desde el lado del terror se dedican a aprovecharse de nuestras debilidades. Perú Posible señala la Luna, la recuperación de nuestra memoria y el fujimorismo critica el dedo, la fecha, en lugar de entender la importancia de revivir el recuerdo de sangrientas épocas para las nuevas generaciones. Un hecho loable que se puede enriquecer con lo que planteen otros partidos se reduce a un espectáculo lamentable de quienes no saben hacer política, de allí su desprestigio.
Es importante aprender a discrepar. Las políticas públicas se enriquecen en el debate público, sin embargo este último es imposible en el Perú por la descalificación que proviene de los políticos, de periodistas y de la sociedad civil. De seguir así va a ser muy difícil que algún día seamos un país desarrollado.

Juan  Sheput

Artículo publicado en Diario 16
 
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