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jueves, 4 de marzo de 2010

Política e Intelectuales: De la razón en política al uso político de la razón


La notable revista Ideele me honró con una solicitud: escribir un artículo donde reflexione sobre el papel de los intelectuales en la política. Lo comparto con ustedes a continuación. Sobre el mismo tema escribieron Alberto Adrianzén y Pedro Francke.

De la razón en política al uso político de la razón
Juan Sheput/Perú Posible

Siempre he creído que el campo de desenvolvimiento de un intelectual es el de los valores, los principios, la conciencia. En ese sentido, un intelectual debe ser una persona estudiosa de lo que acontece, testigo y actor de su tiempo, sujeto rebelde, enemigo del silencio complaciente.

Un intelectual que pretenda contribuir en la construcción de una mejor sociedad debe entender, sin embargo, que en países como el nuestro no es suficiente el análisis. Es necesario otro tipo de actitud, que permita modificar el rumbo de los acontecimientos. Y el rumbo de los acontecimientos se modifica con la denuncia, con el desenmascaramiento, con la propuesta, con la formación de opinión. Es la idea transformada en acción. Y la acción, que se enmarca en objetivos, entiende que la Política es el campo de su consagración.

Pero el intelectual que ingresa en el terreno de lo político tiene que tomar en cuenta que no entra en un terreno abonado de virtudes. Ya Maquiavelo decía que la política, por definición, es el campo propicio para la ambición desmesurada. Es cierto. Por ello, para contenerla, el desarrollo de las naciones dio forma a las instituciones. Un país con instituciones sólidas evita el desborde de la pasión, la ambición política. La encauza y conduce hacia el bienestar de la ciudadanía; sin embargo, ¿qué pasa cuando no hay instituciones, como ocurre en nuestro país?

Una primera reflexión nos llevaría a pensar que cuando esto sucede la ambición descontrolada hace con el Estado lo que quiere. La desorganización de los poderes constituidos (Judicial, Legislativo, Ejecutivo) convierte en protagonistas a los poderes fácticos (medios de comunicación, delincuencia, Fuerzas Armadas, lobistas, etcétera), quienes adquieren mayor influencia y relevancia. Y en esta batalla las minorías organizadas, pragmáticas, fácticas, toman el control. La ausencia de escrúpulos predomina, el mal llamado pragmatismo, dejando de lado el ejercicio político sin atajos, con respeto por la ética y la moral.

Es allí donde debe ejercer su influencia el intelectual, y qué mejor que haciendo política, activando en organizaciones políticas.

Maquiavelo, premoderno al fin y al cabo, juzgaba como superiores a quienes no teniendo escrúpulos, no se les notaba. El uso político de la razón para fines subalternos. El destino de la Nación subordinado a la ambición personal.

Hoy las exigencias son otras. Un político moderno tiene en mente que debe usar, al revés de Maquiavelo, la razón en política, el intelecto, para educar y generar bienestar. Sabe que las ambiciones de poder desmesuradas, siendo irrealizables, cuando se intentan hacen mucho daño. Es por ello importante el papel de los intelectuales en política, porque a partir de la fuerza de las ideas y de su inconformidad con lo que acontece plantean nuevos rumbos de acción. Las ideas, cuando se ejercen con libertad, son peligrosas para los que defienden el orden de privilegios de un sistema donde no tienen cabida la ética y los escrúpulos.

La política en el Perú es decadente porque el político intelectual es una especie en extinción. Es necesario revertir esa situación. Cuando no hay ideas por debatir, la política se legitima mediáticamente en el escándalo. Es su forma de supervivencia, a través de los medios de comunicación; no interesa el mensaje que se transmita, importa la imagen que da existencia, la sociedad del escándalo, a decir de Mario Vargas Llosa.

Un escenario con esta característica conviene a los poderes fácticos, que tienen así la oportunidad de imponer su agenda, de privilegiar sus intereses, de orientar a la opinión pública según sus cálculos. Cuando no hay denuncia, la gente, en general, acepta una realidad construida a gusto de los medios de comunicación, los que a su vez son las puntas de lanza del poder económico. No se quiere debate de ideas, confrontación de argumentos, pues no convienen al orden establecido. Los medios son celosos guardianes del establishment y por tanto suelen privilegiar en sus contenidos a aquéllos que permitan la permanencia del “orden establecido”. Esta situación es posible porque en el ejercicio representativo y activo de la política (Parlamento y Ejecutivo) hay actores que distan mucho del terreno de la idea propia, de la convicción. Si la situación fuera al revés, ligeramente contraria, habría un grupo interesante de políticos intelectuales que privilegiarían el debate de las ideas, la confrontación de argumentos, la construcción de escenarios de futuro, la discusión respecto de la conformación de una sociedad mejor. Los medios de comunicación no los podrían ignorar. La agenda parlamentaria tendría un orden alineado a objetivos nacionales, basado en políticas públicas basadas en la evidencia. Las iniciativas del Ejecutivo serían sometidas a un análisis riguroso, que culminaría en una optimización del planteamiento. Habría ideas que discutir. La ciudadanía tendría planos referenciales y optaría por lo que considere lo mejor.

Hace dos años leí en un documento del BID que el nivel de desarrollo de un país se mide, entre otras cosas, por la calidad de su debate público. Si tomamos en cuenta lo que se discute públicamente en el Perú a partir de una muestra de nuestros programas políticos o noticieros, no será difícil sacar una conclusión.

La construcción de opinión pública forma corrientes y rumbos de acción. En la medida en que éstas sean producto del debate intelectual, donde se llegue a definiciones que nos mejoren como sociedad, se medirá el aporte de los intelectuales a los partidos políticos.

La idea que torna en acción es el aporte del intelectual en el campo político. La adhesión y participación de los hombres y mujeres del intelecto en partidos políticos es una buena noticia. Se enriquecerá el debate y a los poderes fácticos, dueños momentáneos de la agenda, no les será tan fácil preservar un sistema que es nefasto para el país.

3 comentarios:

Santos Jaimes dijo...

Por supuesto.
Y la institucionalización debería comenzar con el aporte de los intelectuales. Y los políticos tenemos la oportunidad de iniciarlo: Institucionalizando al Partido Político.
El caudillismo, es justamente el que conviene al Estatus Dominante, lo promueve, lo sostiene y lo tumba. Ellos siguen con su “Estabilidad Jurídica y tributaria”
Un Partido institucionalizado sobrevivirá al caudillo y con lideres capacitados “Intelectuales” iniciará, la institucionalización de la democracia y de la Nación.
En la democracia, los Partidos Políticos son los intermediarios entre la sociedad y el Estado.
Pues institucionalicemos a los Partidos Políticos

Santos Jaimes dijo...

Por supuesto.
Y la institucionalización debería comenzar con el aporte de los intelectuales. Y los políticos tenemos la oportunidad de iniciarlo: Institucionalizando al Partido Político.
El caudillismo, es justamente el que conviene al Estatus Dominante, lo promueve, lo sostiene y lo tumba. Ellos siguen con su “Estabilidad Jurídica y tributaria”
Un Partido institucionalizado sobrevivirá al caudillo y con lideres capacitados “Intelectuales” iniciará, la institucionalización de la democracia y de la Nación.
En la democracia, los Partidos Políticos son los intermediarios entre la sociedad y el Estado.
Pues institucionalicemos a los Partidos Políticos

Luis Nestares dijo...

Es cierto que si se suman los intelectuales necesariamente el debate político se enaltecerá, pero para mala suerte de todos los peruanos los que se preparan son los personajes de farándula del deporte y alguno que otro empresario exitoso, mas o menos lo de siempre.
Estimado Juan tu artículo sencillamente brillante, es un franco contraste en lo que somos y lo que debemos ser.
Esperemos que por el bien de todos los peruanos nuevos vientos soplen, aunque para serte sincero no creo que haya mucho de donde escoger, al final y como de costumbre terminaremos eligiendo el mal menor.