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jueves, 8 de octubre de 2009

La gran pluma de Jaime Bedoya


¿Quiéren saber por qué la pluma de Jaime Bedoya es considerada extraordinaria? ¿Desean conocer el porqué muchos consideramos a Jaime un escritor de culto? pues lean el siguiente artículo el cual ha llegado a mí gracias al twitter de Paola Ugaz y Marco Sifuentes:

uno
Robar un
pulmón sin tumba ni cadáver es la doble confirmación que la estupidez solo se cura con la muerte. Aunque debe reconocerse que exhibir muertos cobrando entrada es favorable estímulo a dicha causa.
La nobleza y perfección del organismo humano,
de humanis corporis fabrica –inmejorable mención, pareciera estar muy por encima de los seres que la habitan. Si hubiera justicia natural, malaguas seríamos.
La pulcra y desapercibida funcionalidad del pulmón, por ejemplo, merecería la diaria gratitud por cada día útil de su existencia (en términos humanos se le atriburía santidad o cojudez extrema). Apenas medio kilo de alveolos a cada lado del torax, oxígenando la sangre y desechando el dióxido de carbono sin necesidad de conciencia, voluntad ni buen humor del que lo posee.
¿Sonreía, cantaba, delinquía, el pobre oriental filetado cuyo pulmón acabó
devuelto en una playa de estacionamiento? La pregunta es irrelevante, pues no es una exhibición de personas, sino de la carne que temporalmente habitan. En todo caso pocas cosas más tristes que una recompensa de dos mil dólares por un órgano muerto. Con eso comen varios vivos.
A fin de cuentas la ultima palabra será pulmonar. El ultimo respiro es suyo. Le asiste todo el derecho al cabo de silenciosa paciencia y generosidad biológica. Es más, la respiración debería ser meritoria y no un regalo incondicional de la vida, aunque si así fuera sobrarían asmáticos y faltarían tumbas en este mundo.
Respira y di gracias. O al menos haz que valga la pena.
dos
El hígado, en cambio, es consciente y temperamental. Se jacta de su relevancia metabólica y de su síntesis proteínica, desempeño sin el cual cualquier metabolismo colapsaría. Pero en donde el hígado brilla es en su capacidad de sacrificio higiénco. Limpia la sangre de todas las porquerías tan ricas que le endilgamos. Por eso hace bilis, poderosa y karmeada sustancia alcalina. Se maldice con el pensamiento, pero se regaña con el hígado.
Los griegos le asignaban cuatro humores fundamentales al alma humana, todos vinculados a la función hepatica y el tipo de bilis que generaba. El colérico, el flemático, el sanguíneo y el melancólico. La histórica distancia existente entre el
desnudo griego y el cholo calato se acorta cuando se regaña en el Perú. Las cuatro bilis se hacen una, dejando al ácido muriático como exquisitez propia de gárgaras dominicales.
No es para menos. No sublevarse ante lo inaceptable es signo de cinismo puro, o de encefalograma plano. Da rabia como se destruye sistemáticamente una ciudad. Da rabia que la mitad del día se viva atrapado en el
tráfico. Da rabia la sonrisa torcida del alcalde responsable de eso. Da rabia ver cómo la democracia se ha vuelto un acto de descarte electoral. La Robaluz, el Comepollos, el Mataperro, dan rabia, risa y lástima. Da rabia la crítica inmóvil a iniciativas como la de Mistura. Da rabia la injusticia, grande o pequeña, aunque más cuando es grande, grabada, y se sabe que no pasará nada. Da rabia tener que perder el tiempo con gente que respira por gusto. Da rabia dejarse ganar por la rabia.
tres
Basta de poesía, el corazón no siente nada. Es un músculo hueco que trabaja sin descanso, por eso es bobo. Las emociones, las amorosas y las desatrozas, las registra el cerebro, enviando una descarga de adrenalina – ya sea para atacar, huir o quedar paralizado- que cambia violentamente la presión sanguínea. Este cambio se siente inmediatamente en el corazón. Pero como destino, no origen. El resto es poesía.
Sin embargo la poesía funciona. El corazón gana, y que lo cante
La Negra (quepd).Que poca cosa suena entregarle el cerebro a alguien. Es intencional el uso del verbo entegrar, pues cuando algo se cede voluntariamente no hay posibilidad de alegar robo o posterior desperfecto por mal uso. Son los riesgos propios del confiar. Todo esto no es sino un balbuceo de lo que alguna vez el controversial pero profundo poeta amish, Helmut Sheperd, dijera al respecto posiblemente plagiando a alguien:
El corazón es una riqueza que no se vende ni se compra, se regala.
Eso debo haber con el mio, pues como el pulmón del chino, no está dónde debería. Hay recompensa.
Pobre, pero honrada.