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jueves, 27 de agosto de 2009

Una nueva vergüenza para el Poder Judicial

El día de ayer, la Segunda Sala Penal de Lima, a cargo de la jueza Zoila Pacora Portella, condenó al ciudadano y vecino barranquino Javier Alvarado Layme, presidente de la Asociación de Juntas de Vecinos de Barranco, a un año de pena privativa de la libertad y al pago de una reparación civil de diez mil soles por el delito de difamación agravada contra el restaurant Rústica. La señora jueza Zoila Pacora es una funcionaria que con su actitud nos lleva a pensar que la administración de justicia en el Perú es una vergüenza.
El delito de Javier Alvarado fue declarar a Perú 21 en contra de las concesiones de terrenos en las playas de Barranco, lo cual es correcto y suscribimos. La empresa propietaria de Rústica consideró que estas declaraciones " difamaban su prestigio e imagen".
Lo que se busca en el fondo es limitar la protesta de los ciudadanos barranquinos que han visto como corruptos alcaldes han cedido su derecho a empresas que tienen locales en la Costa Verde como el restaurant Cala y un centro deportivo. Los vecinos exigen la demolición de estas construcciones que han terminado por destruir el espacio público de la Costa Verde. Si lo duda vaya y de un paseo por la zona de Barranco y compárela luego con Miraflores y San Isidro. Notará el terrible daño que se le ha hecho a toda la zona de playa.
Como es obvio esta situación no va amilanar al vecindario. Los vecinos han anunciado que seguirán luchando hasta lograr la demolición de estos locales que no tienen porqué ser construidos en la zona de playa costera tal y como dice la ley. Otro grupo de vecinos, harto de los abusos del alcalde, también dará la lucha contra los ilegales edificios que se están construyendo en los acantilados de Barranco, que también tendrán que ser en su momento demolidos.
El problema del Perú, y sobre todo de la sociedad limeña, es su falta de civismo. Un mínimo de cultura cívica alejaría todos los limeños de estos restaurantes, que con su presencia le hacen daño al paisaje urbano que nos pertenece a todos. En nuestra Lima la inculta, los viandantes y usuarios de estos lugares no se hacen problemas con restaurantes que destruyen playas, plazas o plazoletas. No interesa el vecino. Interesa ganar plata, aunque sea de manera grotesca y vulgar.