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lunes, 24 de agosto de 2015

Del deterioro moral del país

Del deterioro moral del país
Si de hurgar en nuestra historia se trata pues veremos que nuestro país es pródigo en elecciones. Desde primero los invasores (los españoles) que Huáscar, en épocas de Atahualpa hasta el famosísimo “primero los chilenos que Piérola”, siempre hemos optado por lo que consideramos el mal menor. Es así que en estos días cierto sector de nuestra sociedad, el llamado “progresista” prefiere tolerar los graves indicios de corrupción de la señora Nadine Heredia que promover su investigación y  juzgamiento, si correspondiera, pues de abundar en ello se podrían beneficiar los fujimoristas o apristas. Es decir se tolera el engaño, el probable enriquecimiento ilícito, el incumplimiento de promesas, las tarjetas de crédito amicales, las licitaciones a dedo, la destrucción del medio ambiente y los depósitos por millones de soles pues si se investiga eso de repente la corrupción de otros gobiernos, el aprista, el perúposibilista o el fujimorista, quedarían en un tercer o segundo lugar pues el nacionalismo (o humalismo si prefieren) se llevarían todas las glorias de ser, de lejos, el gobierno más corrupto del Perú en el siglo XXI.
Esta situación, de indignación moral selectiva, demuestra el colapso ético de nuestro país. Se defiende a Nadine Heredia por hechos que habrían representado una condena para otros gobernantes. Haber sido cercano a ellos o ser de la llamada “izquierda progresista” los  convierte en cómplices de la esposa del presidente pues de censurarla abiertamente o señalar con claridad sus indicios de corrupción podría significar el crecimiento político de los adversarios históricos: el aprismo o el fujimorismo. Es decir el comportamiento es de doble medida moral, o si prefiere, de auténtica hipocresía ética.
Lo que requiere esta izquierda que pretende ingresar a las grandes ligas de la política no es tanto un cambio generacional sino un cambio ético. El más grande referente de las izquierdas y el que la hizo crecer ante los ojos del mundo no fue un jovencito inexperto, lanzado a la arena política luego de un cónclave en una pizzería o un bar, sino un hombre recorrido y fogueado, como es el un hombre de 80 años, el expresidente de Uruguay José Mujica. Eso no es lo que quieren entender acá, en donde los “nuevos valores” justifican, defienden o se hacen de la vista gorda sobre el  enriquecimiento del estilo de vida de Ollanta Humala y su familia.
El país se muestra indignado y confundido y no encuentra en su clase política al referente que lo saque de ese estado. Tres expresidentes y un mandatario en ejercicio son protagonistas de episodios judiciales y cuestionamientos por corrupción. Lo más grave es que a las máximas autoridades de turno, sea por amistad o por remuneración, no se les cuestiona, pues puede significar el retorno del enemigo. Ese es el Perú de hoy, incapaz de cuestionar su incapacidad para procesar el deterioro moral que padece. Un país que tolera, por ejemplo, que un abogado de personajes sospechosos de narcotráfico o corruptelas de alto vuelo sea el abogado y consejero del presidente de la República y su esposa es un país que está en franca descomposición.
Y Mario Vargas Llosa, ni hablar mucho de él. Tener unos cuantos amigos en el gabinete es suficiente para justificar su mudez y falta de condena. De él se encargará la historia, al colocarlo en el lugar que merece su posición de silencio actual.

Juan Sheput

Artículo publicado en revista Velaverde el 24 de agosto del 2015

                                            

La reforma política que el país necesita

La reforma política que el país necesita
Inspira esta columna un estupendo artículo de Carlos Meléndez publicado por El Comercio el último sábado. En ella Carlos pone en relieve el hecho que la tantas veces mencionada reforma política carece de consensos y requiere, en lugar de apuros, de un debate amplio y profundo. Nada más cierto. Durante los últimos años las leyes que se han etiquetado como portadoras de reformas han sido destruidas por su fracaso rotundo ante el imperio de la realidad. Y eso ha sucedido como consecuencia del debate apresurado, impulsado por una necesidad de justificación o de éxitos luego de deambular en una serie de fracasos. A veces pienso que los “escuderos de la reforma” (como acertadamente los llama el destacado politólogo) se sienten motivados simplemente por una necesidad de mostrar que han cumplido, no importa si esto es a costa del país o no.
A pocos meses del día de las elecciones es muy difícil que se pueda impulsar algún tipo de reforma electoral con seriedad. Lo que habrá serán proyectos aislados que, al no hacerse en conjunto, pueden contribuir aún más al deterioro de la política. La reforma debe ser integral e incorporar en ella elementos que atañan a la Constitución, la Ley de Partidos Políticos, la Ley General de Elecciones y otras que permitan un nuevo diseño con criterio holístico. Leyes parciales, sin un criterio integrador, incorporarán más energía al caos, con lo cual los problemas y la decepción vendrán a continuación.
La sugerencia de Carlos Meléndez de empezar por una agenda mínima en la cual tengan un rol protagónico los organismos electorales es lo más pertinente. Lo otro no sólo será insuficiente sino que nos puede llevar a deteriorar aún más la calidad de la política. Se requiere de un debate profundo y alturado, sin argollas académicas o políticas, acudiendo a especialistas y buscando como consecuencia de la discusión atinada una fórmula que mejore la estructura política de nuestro país.
En los últimos días estamos viendo críticas a las incorporaciones (“jales”) de algunos personajes que se adhieren a determinados candidatos. Todos ellos llegan a su adhesión con agendas propias y las tratan de imponer. El tiempo dirá si tendrán éxito en su imposición. Pero esa actitud (la del “jale” y la de la agenda propia) son consecuencia de no haber modificado a tiempo el asunto de la lista única por partido eliminando el voto preferencial. Si se hubiera hecho a tiempo, junto a otras propuestas, los principales candidatos no tendrían que estar en esta situación de incorporar a personajes incómodos que, por su popularidad y nulo prestigio, desplazarán a los cuadros de sus partidos que los vienen apoyando desde hace mucho. Me pregunto ¿este Congreso, hijo del voto preferencial, cambiará esa opción? De ninguna manera. Por ello el debate de la reforma debe ir con otro ritmo, exigirlo en las propuestas de los candidatos y hacer que ellos sean protagonistas de este reto a fin de ponerlo en marcha al inicio del mandato del ganador, con los consensos del caso que nacerán como consecuencia del debate público.


Juan Sheput

Publicado en revista Velaverde el 17 de agosto del 2015

Lava Jato o Lava Cara

¿Lava Jato o Lava Cara?
Lava Jato ha dejado de ser una frase de connotación agradable, un juego simple de palabras para convertirse en una referencia de lo que puede hacer el Poder Judicial y el Ministerio Público en un país como Brasil,  de dimensiones muy diferentes y descomunales en relación a nuestras pequeñas organizaciones. Brasil no sólo es una de las 10 economías más grandes del mundo sino tiene un sistema político muy poderoso lo que no lo exime de ser, cada cierto tiempo, sacudido por escandalosos casos de corrupción. Sin embargo hoy como ayer, con sucedió con el presidente Collor de Melo, el sistema ha demostrado que funciona pues es capaz de derribar un gobierno y meter en la cárcel a quiénes así lo merecen.
Seis mil millones de dólares en coimas han pagado un grupo de empresas brasileñas en diversos países de América Latina. Para pagar esa cantidad de dinero es fácil  imaginar cuánto deben haber ganado, de manera indebida, en obras de infraestructura. Entre los países con funcionarios  “aceitados”  está el Perú y todo parece indicar que una parte sustancial del monto mencionado terminó en las facturaciones de estudios de abogados, periodistas, funcionarios públicos y políticos de nuestro país. Por eso es que el caso Lava Jato debe mirarse con los mismos efectos de un tsunami. La ola ya nació, es cuestión de tiempo que llegue a nuestras costas. Y es por ello que hay temor en muchos vinculados a las gestiones presidenciales del 2001 a la fecha y también a gobiernos regionales y a la Municipalidad de Lima desde la gestión de Susana Villarán. El temor nace del hecho que es una situación que no pueden manejar. Si el destape no viniera de Brasil la tendrían más fácil. En el Perú los corruptos dejan de serlo con un buen equipo de relacionistas públicos que los sacan de los titulares o noticias de los medios de comunicación. En el Perú no hay operaciones Lava Jato sino Lava Cara que gracias a oportunas portadas, entrevistas o columnas de periodistas “amigos” ocultan el hecho delictivo. En el Perú a los corruptos se les premia con portadas en las revistas frívolas o en las notas de sociedad. A ello habría que agregarle la falta de escrúpulos y ética de algunos abogados y el silencio cómplice de un sector del empresariado. El sistema de corrupción marcha viento en popa en nuestro país. Pero cuando el viento del destape viene de otras latitudes poco pueden hacer los que hacen comentarios o emiten opiniones remuneradas. Es lo que está pasando en la actualidad con la ola que viene de Brasil.
Por eso es importante el papel que pueda jugar el Ministerio Público y el Poder Judicial. En Brasil hay un Fiscal como Athayde Ribeiro Costa o un Juez como Sergio Moro que son implacables en la búsqueda de justicia y están metiendo en la cárcel a empresarios y políticos. Todo en estricta justicia. En el Perú habrá que ver cómo se comportan los jueces en relación a los habeas corpus y asus investigaciones. De los procuradores no esperemos nada. Todos los procuradores de este gobierno han sido funcionales al poder oficialista.  En Brasil no es así, rechazan los habeas corpus y los jueces actúan con prontitud. Igual en el caso de los fiscales que, en nuestro caso, por una cuestión de dignidad nacional ya deberían haber constituido un equipo especializado que maneje todo el portafolio Brasil. Los próximos días servirán para determinar si hay, efectivamente, el propósito de luchar seriamente contra la corrupción.

Juan Sheput

Publicado en revista Velaverde 10 de agosto del 2015